Es curioso que, a pesar de haber sido una persona bastante inconstante durante casi toda mi vida, siempre estuve guiado por la expectativa casi innata de lograr cosas grandes. Tal y como lo mencionaba una amiga en días recientes, mientras más jóvenes somos, más magnánimas son nuestras esperanzas—hasta que los años y sus decepciones reducen nuestras satisfacciones a formas más simples—, por lo que, cuando tenía 5 años de edad, lo probable es que no parara de decirle a mi mamá cómo en un futuro sería en un gran científico.
Con el paso del tiempo, el gran científico se convirtió en un gran veterinario que no duró mucho en ese puesto, decidiendo dejar su vida con los animales para volverse un exitoso literato escritor, próximo premio nobel de literatura, y luego un Doctor en biología que pronto descubriría cuanto deseaba ser un artista plástico revolucionario/psicoterapeuta reconocido. Las metamorfosis siguieron acrecentándose hasta que aquello que alguna vez supe sería, terminó por parecerse mucho a un inmenso signo de interrogación.
Es un tanto difícil no sentirse abrumado por esa falta de determinación cuando en el ambiente académico, ese donde se supone que eres moldeado hasta convertirte en la figura profesional que siempre has querido, te rodean tantos individuos que alegan, con la firmeza que jamás he tenido, que en algún punto del futuro serán un comentarista deportivo, un periodista de investigaciones o un exitoso publirrelacionista. Ellos, a diferencia de mí, probablemente podrían responderle algo conciso a mi psicoterapeuta si les preguntara cómo se visualizan en el futuro.
Por esta realidad, después de pasar la noche del sábado discutiendo con un grupo de amigos acerca distintos temas, unos más relativos a este asunto que otros, al llegar al tópico de las "metas claras", fue bastante sorpresivo notar cómo la ausencia de las mismas es nuestro preocupante lugar común. Aunque ya sabía lo distantes que, tanto los presentes en la conversación como muchos otros amigos cercanos, estábamos de un futuro bien definido, fue una suerte de golpe repentino el hecho de que los cuatro pudiéramos congeniar sobre cuán perdidos estábamos.
En contraste con aquellos con quienes comparto día a día en la Universidad, el Universo extrañamente me ha envuelto con numerosos grandes amigos, hombres y mujeres, tan desorientados como yo. Chicos despistados cuyo combustible parece ser los “porqués”, más que un “qué” hacia el cual enrumbarse. De allí que sea aun más complejo tratar de comprender cuál es la forma normal en la que deberían suceder las cosas.
Posiblemente de manera similar a ellos, no sé si en un futuro cercano me transforme en el científico o en el literato que un día pensé, o si decida convertirme en el periodista que muchos, por alguna razón, esperan que sea, y siento que la búsqueda por la grandeza que en algún tiempo fue mi “porqué” no tiene sentido sin un “qué” al cual circunscribirse; no obstante—esto es solo en mi caso—, si algo tengo claro, es que haré un esfuerzo por hallar, finalmente, el lugar al que pertenezco. Quizá entonces ese gran signo de interrogación empiece a desaparecer.
