Es curioso que, a pesar de haber sido una persona bastante inconstante durante casi toda mi vida, siempre estuve guiado por la expectativa casi innata de lograr cosas grandes. Tal y como lo mencionaba una amiga en días recientes, mientras más jóvenes somos, más magnánimas son nuestras esperanzas—hasta que los años y sus decepciones reducen nuestras satisfacciones a formas más simples—, por lo que, cuando tenía 5 años de edad, lo probable es que no parara de decirle a mi mamá cómo en un futuro sería en un gran científico.
Con el paso del tiempo, el gran científico se convirtió en un gran veterinario que no duró mucho en ese puesto, decidiendo dejar su vida con los animales para volverse un exitoso literato escritor, próximo premio nobel de literatura, y luego un Doctor en biología que pronto descubriría cuanto deseaba ser un artista plástico revolucionario/psicoterapeuta reconocido. Las metamorfosis siguieron acrecentándose hasta que aquello que alguna vez supe sería, terminó por parecerse mucho a un inmenso signo de interrogación.
